Así se subrayan los textos: cinco pasos para estudiar mejor

Así se subrayan los textos: cinco pasos para estudiar mejor

Entra en cualquier biblioteca universitaria en época de exámenes y verás el mismo gesto repetido cientos de veces: el rotulador fosforito deslizándose sobre la página, dejando un rastro amarillo, rosa o verde. Subrayar es, probablemente, la técnica de estudio más extendida del mundo. Y, sin embargo, cuando los psicólogos del aprendizaje la han puesto a prueba, los resultados han sido decepcionantes. La buena noticia es que el problema casi nunca está en el hecho de subrayar o no, sino en cómo se subraya. Y eso sí tiene arreglo.

La paradoja del rotulador

En 2013, un equipo encabezado por el psicólogo John Dunlosky revisó la evidencia científica sobre diez técnicas de estudio habituales y las clasificó según su utilidad real. Las dos grandes ganadoras fueron el autoexamen (ponerse a prueba) y la práctica distribuida (repartir el estudio en el tiempo en lugar de concentrarlo). ¿Y el subrayado? Quedó en el grupo de «baja utilidad», junto a releer y resumir sin método. En varios experimentos, los estudiantes que subrayaban no rendían mejor que los que se limitaban a leer.

Esto choca con la intuición de casi todo el mundo. Si subrayar fuese inútil, ¿por qué lo hace tanta gente? La respuesta es reveladora: lo hacemos porque se siente productivo, no porque lo sea. Pasar el rotulador exige poco esfuerzo, deja una huella visible del trabajo realizado y produce una agradable sensación de avance. El problema es que esa sensación es engañosa.

Por qué falla el subrayado de siempre

Para entender cómo subrayar bien conviene primero diagnosticar por qué suele fallar. Hay tres causas principales.

Es una actividad pasiva. Aprender de verdad exige procesar la información, conectarla con lo que ya sabemos y reorganizarla. Pasar el rotulador por encima de una frase no obliga al cerebro a hacer casi nada de eso: la mano trabaja mientras la mente apenas se involucra. La página queda marcada, pero el conocimiento no.

Se subraya demasiado. El subrayado funciona, en parte, gracias al llamado efecto de aislamiento: aquello que destaca sobre un fondo uniforme se recuerda mejor. Pero ese mecanismo se autodestruye cuando media página acaba teñida de amarillo. Si todo resalta, nada resalta. El estudiante novato tiende a subrayar en exceso precisamente porque, en una primera lectura, casi todo le parece importante.

Se subraya en el momento equivocado. El error más sutil y más extendido es subrayar durante la primera lectura, cuando todavía no se ha entendido el conjunto. En ese punto es imposible saber qué es realmente central y qué es accesorio, porque aún no se conoce la estructura del texto. El resultado son marcas tomadas a ciegas que muchas veces resaltan ejemplos o detalles secundarios en lugar de las ideas que los sostienen.

A todo esto se suma un riesgo psicológico: la ilusión de competencia. Al releer un texto repleto de marcas, lo reconocemos con facilidad y esa fluidez nos hace creer que lo dominamos. Pero reconocer no es lo mismo que recordar. El día del examen, sin el texto delante, esa familiaridad se evapora.

El problema no es subrayar, sino cómo lo hacemos

Aquí está el matiz que cambia las cosas. Cuando los estudios concluyen que subrayar es poco eficaz, lo que miden es el subrayado tal y como lo practica la mayoría: mucho, pronto y sin pensar. El acto de marcar un texto no tiene nada de malo en sí mismo. Bien hecho, obliga a tomar decisiones —esto sí, esto no— y esa discriminación es justamente la clase de procesamiento activo que ayuda a aprender. El subrayado deja de ser inútil en cuanto deja de ser automático.

La clave es entenderlo no como un fin, sino como un primer paso: una herramienta para seleccionar lo importante, que después alimenta técnicas más potentes como resumir con tus palabras, formular preguntas o autoexaminarte. Subrayar para luego no hacer nada con lo subrayado es, efectivamente, perder el tiempo. Subrayar para preparar el siguiente movimiento es otra cosa.

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Cómo subrayar bien: un método en cinco pasos

  1. Lee antes de marcar. Recorre el apartado o el párrafo completo sin tocar el rotulador. Solo cuando entiendes el conjunto puedes juzgar qué es esencial. El subrayado debe ser una conclusión de la lectura, no su acompañante.

  2. Marca poco y marca ideas. Oblígate a resaltar solo las ideas nucleares: por norma, no más de una de cada cinco líneas. La restricción no es un capricho, es lo que protege el efecto de aislamiento y, además, te fuerza a decidir qué importa de verdad. Subraya unidades con sentido —el núcleo de una afirmación—, no palabras sueltas que luego no significan nada por sí solas.

  3. Distingue niveles. Reserva un código para la idea principal y otro distinto para los datos o ejemplos que la apoyan: dos colores, o subrayado para lo central y un círculo para términos clave. Así, de un vistazo, reconstruyes la jerarquía del texto en lugar de tener una masa indiferenciada de marcas.

  4. Escribe en los márgenes. Este es el paso que casi nadie da y el que más rinde. Junto a lo subrayado, anota con tus propias palabras una síntesis, una pregunta o una conexión con algo que ya sabías. Reformular obliga a comprender; esa elaboración es lo que de verdad fija el contenido. El margen convierte un gesto pasivo en uno activo.

  5. Transforma lo subrayado en preguntas. Al terminar, dale la vuelta a cada idea resaltada y conviértela en una pregunta. Después, días más tarde, intenta responderla sin mirar. Ahí es donde el subrayado conecta con lo que la ciencia sí avala: ponerte a prueba y espaciar los repasos. Lo subrayado deja de ser un destino y se convierte en el guion de tu autoexamen.

Quédate con esta idea

Si hay una conclusión que llevarse, es esta: ninguna técnica de estudio funciona por el hecho de dejar una marca en el papel; funciona en la medida en que obliga a la mente a trabajar. El subrayado tiene mala fama porque suele practicarse de la forma más cómoda y, por eso mismo, menos útil. Hecho con criterio —leyendo primero, marcando poco, anotando los márgenes y volviendo a lo subrayado para autoexaminarte— deja de ser un sustituto del esfuerzo y se convierte en lo que siempre debió ser: el primer paso de un estudio activo. El rotulador no estudia por ti. Pero, bien usado, puede ayudarte a empezar a hacerlo.

Imágenes | Vía Flickr & PickPik

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