Las palabras esconden, en ocasiones, parentescos de lo más curioso. Un ejemplo de ello es el que une dos términos en apariencia con tan poca relación como catedral, el edificio más imponente de cualquier antigua ciudad europea, y cadera, esa parte tan útil de nuestro cuerpo sobre la que descansamos el peso al sentarnos. Lo monumental y lo corporal, lo sublime y lo cotidiano, comparten una misma ‘abuela’. Y esa abuela era, sencillamente, una silla.
Todo empieza con un asiento
El origen está en el griego antiguo καθέδρα (kathédra), que significaba «asiento» o «silla». La palabra es autoexplicativa cuando la descomponemos: el prefijo katá- («hacia abajo») más hédra («base», «asiento», «el lugar donde algo se posa»). Literalmente, kathédra es «aquello sobre lo que uno se acomoda hacia abajo».
Ese segundo elemento, hédra, tiene una descendencia sorprendentemente amplia. Procede de una antiquísima raíz indoeuropea, sed-, que significa «sentarse» y que ha germinado en medio mundo lingüístico. De ella vienen el latín sedēre (de donde sentar, sedentario, sede o residir), el inglés to sit y hasta los poliedros de la geometría —el -edro de tetraedro o poliedro no es otra cosa que esa misma hédra, las «caras» o «bases» sobre las que se asienta una figura—. Cuando hablamos de la Santa Sede, la sede de un obispo o la sede de una empresa, estamos invocando, sin saberlo, ese gesto primigenio de tomar asiento.
La silla del poder
Los romanos tomaron prestada la palabra griega y la latinizaron como cathedra. Pero no era una silla cualquiera. En el mundo antiguo, sentarse era un privilegio cargado de significado: mientras los demás permanecían de pie, quien ocupaba el asiento ejercía autoridad. La cathedra era el sillón del maestro que daba lección, y también el trono desde el que un obispo gobernaba a su comunidad.
De ahí nacen las dos ramas «nobles» de la familia. Por un lado, la cátedra académica: la silla del profesor se convirtió en metáfora del puesto docente más alto, y de ahí salió el catedrático, que es, etimológicamente, «el que ocupa la silla». Por otro lado, el asiento del obispo dio nombre al templo entero. Una iglesia es catedral —del latín cathedralis— precisamente porque alberga la cathedra episcopal, ese trono físico desde el cual el obispo preside. Sin silla para el obispo no hay catedral: la palabra describe al edificio nombrándolo por el mueble que guarda dentro.
Esa misma idea pervive en una expresión que todavía usamos con solemnidad: hablar ex cathedra, «desde la silla», es pronunciarse con autoridad indiscutible, como hace el papa cuando, según la doctrina católica, se expresa de forma infalible. La silla, una vez más, como símbolo del poder de decidir.

La rama humilde: la cadera
Hasta aquí, todo asciende: del asiento al trono, del trono a la catedral. Pero las palabras también descienden, y el latín cathedra tuvo una segunda vida mucho más pegada al suelo. En el latín vulgar, el que hablaba la gente corriente, la palabra fue desgastándose en la boca: la th se sonorizó en d, las sílabas se reacomodaron y de aquella cáthedra fue saliendo poco a poco la forma cadera.
El salto de significado es de una lógica casi tierna. Si la silla es aquello sobre lo que nos sentamos, ¿qué parte del cuerpo se sienta? Pues la que recibe nuestro peso, la que toca el asiento: las caderas. Por una metonimia popular, el nombre del mueble pasó a designar la parte de la anatomía que entra en contacto con él. La silla y lo que se posa en la silla terminaron compartiendo nombre.
Lo más revelador es comparar el español con sus lenguas hermanas. En portugués, cadeira siguió un camino distinto y conserva el sentido original: significa, simple y llanamente, «silla». Es decir, donde el español decidió quedarse con el cuerpo, el portugués se quedó con el mueble.
Una familia repartida por Europa
La descendencia de kathédra no se detuvo en la Península Ibérica. A través del francés antiguo, la palabra dio chaire (el «púlpito» desde el que se predica) y chaise («silla»), de donde tomamos préstamos como chaise longue (y de ese mismo tronco francés llegó al inglés chair, la palabra cotidiana para «silla»).
Así que la próxima vez que entres en una catedral, que pienses en una cátedra universitaria o que, sencillamente, te lleves la mano a la cadera, recuerda que las tres palabras son nietas de la misma silla griega. Pocas etimologías ilustran mejor cómo una sola idea —la de tomar asiento— puede subir hasta lo más alto de una torre y, al mismo tiempo, quedarse para siempre a la altura de nuestras caderas.
Imagen | Imagen principal vía Wikipedia + Imagen secundaria creada por Marcos Merino

