Cada cierto tiempo, algún vídeo o artículo vuelve a poner en circulación el mismo debate: que la Generación Alfa (los nacidos a partir de 2010), y también una buena parte de la Z que ya está entrando en el mercado laboral, no sabe leer, ni escribir, ni hacer cálculos básicos. La pregunta es inevitable: ¿es otro caso más de pánico social injustificado, la típica crítica que cada generación lanza contra sus sucesoras, o está pasando algo real y preocupante?
Hace unos días, alguien se lo planteó directamente en la plataforma social Reddit: profesores, ¿es real la crisis del «la Generación Alfa no sabe leer», y si lo es, hasta qué punto? La respuesta fue una avalancha de testimonios de docentes de primaria, secundaria y universidad —además de otros profesionales— de numerosas partes del mundo.
Cuatro tipos de alumnos
El comentario más valorado en todo el hilo lo firma un profesor de Física de instituto con quince años de experiencia. Su aportación es valiosa porque, según explica, trata con todos los niveles de alumnado a la vez, desde el mejor hasta el peor. Y su retrato no es el de un derrumbe uniforme, sino el de una sociedad que se parte en cuatro tramos cada vez más separados.
Arriba, sin problema: «los mejores estudiantes están más o menos igual que siempre, y potencialmente son incluso más impresionantes que antes«, gracias al acceso a tecnología y recursos. El segundo tramo, el de los alumnos que suelen aprobar pero son «del montón», se ha deslizado un poco: han empeorado, pero no demasiado; hacen lo justo y parecen carecer de motivación interna. Pero, comparativamente, están lejos de constituir un problema serio.
El tercer tramo es el que de verdad le quita el sueño: los alumnos de nivel medio-bajo, que han pasado de ser un 10-20 % de cada centro a rondar la mitad de cada promoción. Los retrata con una frase que resume el verdadero asunto del hilo: «no les importa, tienen MIEDO de que parezca que les importa, parecen deprimidos como estado de fondo». Saben leer, pero comprenden y analizan poco; saben escribir, pero con errores e ideas inconexas.
Y en el fondo del todo, un cuarto grupo distinto: el actual 10-20 % que hoy protagoniza los vídeos virales, y ahí asegura que no hay exageración. Estos sí: no leen, no escriben, no hacen una multiplicación. Cuando leen en voz alta, observa, se nota que «sólo están mirando algunas de las letras y adivinando», sin procesar lo que dicen. La diferencia con hace una década no es que ese alumno no existiera: es que antes había uno o dos por clase y ahora hay cuatro o seis.
Lo que asusta no es la lectura, es la falta de curiosidad
Si solo fuera una cuestión de competencias técnicas, sería un problema pedagógico solventable. Lo que recorre el hilo de arriba abajo es algo más inquietante: la desaparición del deseo de entender.
El ejemplo más citado lo aporta un instructor de fontanería en una escuela de oficios británica. Durante años descubrió que algunos alumnos no sabían leer el reloj analógico de la pared… eso, en la era del smartphone, casi se le perdona. Lo que más le impactó fue la respuesta que le daban cuando se ofrecía a enseñarles: «No, gracias, no si no me hace falta.» Sin vergüenza, sin curiosidad, sin el menor interés.
Otro usuario lo formula como la verdadera línea roja: «esa falta de curiosidad es lo que más me preocupa». Y pone el dedo en la llaga al recordar que aprender algo por el simple placer de saberlo debería producir entusiasmo, no fastidio. Un profesor austríaco lo remata con la frase que le soltó un alumno: «¿Quién va a aprender nada durante las vacaciones de verano?»
Pero aparecen también anécdotas que dejan claro que el colapso de la comprensión que va mucho más allá de descifrar palabras. Un profesor de Literatura cuenta cómo, ante un cuento de Poe en el que el protagonista tortura animales y asesina a su mujer, un alumno resumió todo en que «el protagonista hizo algunas cosas malas», y no fue capaz de elaborar un juicio moral por más que se le pidió.
Cuando el cerebro dice «Mira, yo paso»
Hay un término que se menciona varias veces en el hilo y que los expertos consideran ya un fenómeno a estudiar: la rendición cognitiva. La idea es que, cuando aparece cualquier fricción —una instrucción de más de un paso, un formulario, un texto que exige releer—, la persona se bloquea o lo delega. Y con la inteligencia artificial, esa delegación se vuelve total y, sobre todo, invisible.
Un comentario lo describe con una precisión que da escalofríos: las personas «ceden el pensamiento y la deliberación a las máquinas y experimentan la sensación de haber deliberado, de haber tomado una decisión, pese a saltarse a ciegas su propia cognición». Atrofian un músculo sin darse cuenta siquiera de que ya no lo están moviendo. El dato que se cita como ejemplo: cuando a los usuarios se les presenta un chatbot que da información deliberadamente falsa, la mayoría la acepta en lugar de cuestionarla.
Esto enlaza con un patrón que repiten quienes contratan a gente joven: prefieren un vídeo de quince minutos a una lista de instrucciones breve, no releen los enunciados, piden ayuda antes de haber intentado leer la pregunta. No es solo que no sepan; es que sus cerebros se han acostumbrado a no tener que esforzarse, y el esfuerzo les resulta ajeno.

No es (sólo) que los chicos sean vagos
La primera diana de la crítica de los docentes son las pantallas, pero no sólo porque afecten a los chavales: «No están friendo el cerebro de los críos, están friendo el cerebro de los padres, que es lo que a su vez fríe el de los críos», resume alguien. Una maestra de infantil cuenta que pide a los padres lo más básico —leer cada noche con el niño, conversar, preguntarle cómo se ha sentido— y recibe a cambio la petición de que les imprima fichas para tener al crío «ocupado y sin que moleste».
Detrás de esa apatía, varios señalan algo más triste y más estructural: el agotamiento (y/o desidia) parental. En un mundo donde, según describen, dos sueldos a jornada completa apenas llegan a fin de mes, los padres vuelven a casa vacíos de energía y tiempo. No es una excusa, matizan, pero sí una explicación.
Un subdirector de instituto lo condensa en una analogía que se ha vuelto célebre dentro del hilo: los padres tratan hoy la escuela como un taller mecánico. «El niño es el coche». Lo dejan a las ocho y esperan recogerlo «arreglado» a las tres, sin haber hecho en casa ningún mantenimiento, gratis, y encima se enfadan si el coche no rinde. La escuela, añade una directora de primaria al borde del agotamiento —lleva, calcula, «220 días con el cortisol por las nubes»—, ha dejado de ser escuela para muchas familias: se ha convertido en guardería, la única forma que tienen algunos padres de poder trabajar.
A esto se suma un círculo vicioso institucional: alumnos que pasan de curso pese a no rendir, porque suspenderlos da problemas. Un tutor recuerda el caso extremo de una madre que pidió expresamente que repitieran a su hija porque «claramente no se estaba enterando», y el centro la pasó igualmente de curso. El mensaje que reciben esos chicos, advierten varios, es demoledor: que no hay consecuencias, que nunca se les dejará hundirse, y por tanto que tampoco hace falta aprender a nadar. Como dice un usuario, hace falta darles margen para fallar mientras fallar es barato.
Otros usuarios citan la vieja predicción de que Internet y plataformas como Khan Academy democratizarían el conocimiento, y señalan que lo que ocurrió fue lo contrario: los chicos brillantes llegaron más lejos y el resto se quedó viendo vídeos. La tecnología, lejos de nivelar, ensancha la brecha; y con la IA, advierten, pasará lo mismo.
Lo que sí está claro
En resumen, la «crisis» no se reduce a que unos chicos descifren peor las palabras. Lo que estos profesores describen es una retirada cultural del esfuerzo de pensar: pantallas que agotan a padres e hijos por igual, una economía que deja a las familias sin energía, escuelas convertidas en aparcamiento sin consecuencias, y máquinas que permiten no estrujarnos las neuronas cuando es ese estrujamiento lo que fortalece el hábito de pensar. Los mejores chavales siguen prosperando, porque alguien les enseñó a disfrutar del proceso. Los demás están aprendiendo, día a día, que pensar es opcional.
La buena noticia es que casi todo lo que el hilo propone como remedio es viejo y barato: leer con los hijos, conversar con ellos, dejarles fallar, premiar la curiosidad y proteger su atención de la máquina de distracción que les hemos puesto en la mano. La mala es que nada de eso se puede delegar en un taller mecánico.
Imágenes | Elaboradas por Marcos Merino

