Hay cambios que una cadena planifica con meses de antelación, y otros que debe poner en marcha deprisa y corriendo… por ejemplo, cuando le caen encima por imperativo judicial. El que vivió ayer viernes Pasapalabra es de estos últimos: tras veintiséis años convertido en el clímax diario del concurso —primero en Antena 3, luego en Telecinco y de nuevo en Antena 3—, ‘El Rosco’ ha desaparecido definitivamente de la pantalla. En su lugar, Roberto Leal presentó ‘AlaZ’, una prueba final inédita para el público español que, sin embargo, no nace de la nada: es la adaptación de ‘DallAZetA’, un formato que la televisión pública suiza de habla italiana, la RSI, lleva ya varias temporadas emitiendo, en un concurso (con el mismo nombre que el formato) apenas conocido fuera de su territorio.
El origen del problema: una obra protegida (que no se llama ‘El Rosco’)
El detonante de todo fue la sentencia del Tribunal Supremo del pasado 21 de mayo, que desestimó los recursos de Atresmedia e ITV Studios, y confirmó que ‘El Rosco’ no debía entenderse como una simple ronda más dentro de Pasapalabra, sino una obra autónoma protegida por la propiedad intelectual, cuya titularidad corresponde a la productora neerlandesa MC&F. Lo curioso es que Pasapalabra era la adaptación española de un formato británico, The Alphabet Game, propiedad de ITV Studios… pero la prueba final que lo hizo legendario nunca perteneció a los británicos.
Su raíz está realmente en Italia: en 1999, Mediaset Italia estrenó Passaparola, un concurso nacido de la mezcla de dos formatos distintos —The Alphabet Game y otro llamado 21×100, que es el antepasado directo de lo que hoy conocemos como ‘El Rosco’—. Cuando Pasapalabra llegó a España en el año 2000, importó esa ronda final sin que sus dueños originales del Rosco percibieran compensación por su explotación, una confusión que se ha arrastrado durante más de dos décadas y que sólo ahora ha terminado de aclararse judicialmente. Las consecuencias del fallo han sido drásticas: además de cesar la emisión del Rosco, Atresmedia se ha visto obligada a retirar de Atresplayer más de seis años de contenido a la carta —en torno a 1.540 programas—, a modificar elementos de su identidad de marca e incluso a dar cuenta de la sentencia en sus propios informativos.
Mientras tanto, Mediaset —que en su día perdió Pasapalabra por un conflicto distinto, el de no pagar a ITV Studios— ha movido ficha en la dirección opuesta: ha anunciado la compra a MC&F de los derechos de ‘El Rosco’ y prepara un concurso nuevo a su alrededor, todavía sin fecha ni formato conocidos. Tampoco nombre, en realidad: porque en realidad el término ‘El Rosco’ sigue perteneciendo a ITV Studios, aunque no pueda usar el formato al que hac referencia. El tablero, por tanto, queda partido en dos: Antena 3 conserva Pasapalabra pero sin su prueba mítica; Telecinco se queda con la prueba mítica pero sin Pasapalabra.
Qué es ‘DallAZetA’, el original suizo

Aquí entra en escena el otro protagonista de esta historia. ‘DallAZetA’ —cuyo nombre juega con la expresión italiana «dalla A alla Z», «de la A a la Z»— es un concurso de sobremesa que la RSI emite a diario en la Suiza italiana. Lo presenta Sara Galeazzi, y su escala es la de un programa modesto y ágil: cada entrega dura entre ocho y quince minutos. Sin embargo, en el original suizo no hay enfrentamiento: cada programa recibe a un único concursante, que se sitúa dentro de una especie de cabina y se mide consigo mismo y con el reloj, no contra un rival. Tampoco existen rondas previas con famosos ni acumulación de segundos, porque Pasapalabra es un concurso completo y DallAZetA es, en esencia, solo esa prueba.
La mecánica básica, en cambio, es la misma en ambas versiones: las veintiséis letras del alfabeto aparecen alineadas en la parte inferior de la pantalla, cada una asociada a una definición, y el concursante debe encontrar la palabra que la resuelve. El sistema de pistas existe, pero opera con lógicas distintas: en Suiza, pedir ayuda no resta tiempo, sino dinero. Cada pista reduce el importe económico que el aspirante puede llevarse. Y ese premio no se disputa en un duelo, sino que se inscribe en un ranking que clasifica los resultados de todas las participaciones.
‘AlaZ’: la traducción española de un esqueleto suizo
En resumen, Antena 3 ha apostado por un mecanismo que conserva el espíritu de Pasapalabra —el abecedario como campo de batalla— mientras se aleja lo suficiente del original holandés como para blindarse ante un nuevo revés en los tribunales (comprar un formato preexistente, registrado y explotado por un tercero ajeno al litigio, ofrece cobertura jurídica frente a posibles acusaciones de que ‘AlaZ’ fuera una recreación maquillada de ‘El Rosco’). Y al mismo tiempo, cambia varios detalles fundamentales de su nuevo referente suizo. Estas son las reglas del formato español, rebautizado como ‘AlaZ’, para encajarlo en la maquinaria preexistente de Pasapalabra.
- Dos concursantes, dos sentidos. Uno recorre el abecedario de la A a la Z y el otro de la Z a la A. Quién elige cada dirección lo decide el participante que llega con más segundos acumulados en su marcador, lo que introduce ya una primera capa táctica antes incluso de empezar.
- Tres opciones por turno. Ante cada definición, el concursante puede responder, pasar palabra —con la fórmula de siempre, intacta como guiño identitario— o pedir una pista pronunciando una nueva palabra mágica: «letra».
- El coste de la ayuda. Si pide pista, Roberto Leal le revela una letra más contenida en la palabra buscada, pero a cambio le descuenta cinco segundos del crono. Aquí ‘AlaZ’ adapta la lógica suiza —donde la pista costaba dinero— al lenguaje de Pasapalabra, donde la moneda de cambio siempre ha sido el tiempo.
- Una sola respuesta válida. A diferencia de ‘El Rosco’, donde una misma definición podía admitir varias soluciones, en ‘AlaZ’ hay una única palabra correcta, lo que reduce la ambigüedad y endurece la exigencia.
- Pista permanente tipo ‘ahorcado’. En pantalla se sobreimpresiona un panel con la inicial al descubierto y tantos huecos como letras tiene la palabra, un recurso que recuerda al clásico juego del ahorcado y que acerca el reto al espectador de casa, que ya no necesita ser un ‘opositor’ del concurso para jugar.
- Más tiempo de salida. Los concursantes parten de 110 segundos de base, frente a los 85 de ‘El Rosco’, a los que se suman los conquistados en las rondas previas con los famosos, que se mantienen sin cambios.
El acierto se ilumina en verde y el fallo, en rojo, en una tira que sustituye al círculo de letras. Los participantes quedan enmarcados en sendas cabinas rectangulares con los colores de su equipo —un eco directo de la escenografía suiza— sobre los mismos altares de siempre.
| Elemento | ‘DallAZetA’ (RSI, Suiza) | ‘AlaZ’ (Antena 3, España) |
|---|---|---|
| Concursantes por programa | Uno | Dos, en duelo |
| Naturaleza de la prueba | Programa completo y autónomo | Ronda final dentro de Pasapalabra |
| Coste de la pista | Reduce el premio en dinero | Resta 5 segundos de tiempo |
| Acumulación previa | No existe | Segundos ganados en rondas con famosos |
| Recorrido del abecedario | De la A a la Z | A→Z y Z→A simultáneos |
| Sistema de clasificación | Ranking acumulado | Duelo directo por el bote |
El estreno: un empate que mantiene el guion

La primera tarde de ‘AlaZ’ tuvo el simbolismo de una transición cuidada. El bote en juego ascendía a 658.000 euros y los duelistas fueron los mismos que habían firmado el último ‘Rosco’ de la historia el día anterior: David Trigo y Javier Alonso. Los padrinos del estreno —la actriz Lluvia Rojo, el presentador Luis Larrodera, el actor Unax Ugalde y la cantante Soraya Arnelas— ejercieron sin saberlo de testigos del cambio de era.
El resultado fue, una vez más, un empate, lo que evitó a ambos enfrentarse a la Silla azul en la siguiente entrega. David, que arrancó con 167 segundos y el abecedario en orden directo, cerró con 22 aciertos, ningún error y tres letras sin resolver (la C, la P y la X). Javier, con 166 segundos y el recorrido inverso, firmó idéntico balance de 22 aciertos y cero fallos, dejando pendientes la V, la P y la F. Ambos esperaron a la segunda ronda para ‘comprar’ su primera pista, un detalle que ya anticipa el peso que la gestión estratégica del tiempo tendrá en esta etapa.
Adiós a los círculos: una identidad visual reescrita
El relevo no se limitó a la mecánica. Junto a ‘El Rosco’, Pasapalabra enterró buena parte de su iconografía circular, precisamente la que más podía evocar la prueba prohibida. Cambiaron los pulsadores de la prueba musical, las etiquetas con los nombres de concursantes e invitados —que abandonaron la forma redonda—, la cabecera, las cortinillas que introducen cada juego y el fondo que acompaña a Roberto Leal. Hasta la música del tramo final se renovó para alcanzar el clímax con otra ambientación. La consigna es transparente: borrar cualquier figura redonda que recuerde al rosco e inaugurar una estética presidida por las dos letras que ahora dan nombre y sentido a la prueba, la A y la Z.
Las luces y las sombras
A favor juega la continuidad emocional. ‘AlaZ’ preserva lo esencial: dos aspirantes, el abecedario, el reloj y la igualdad sostenida hasta el desenlace. El propio empate inaugural, con dos roscos —perdón, dos alaz— casi perfectos, demuestra que el nuevo formato puede generar la misma adrenalina. Es más, la incorporación del sistema de pistas y del panel tipo ahorcado añade capas de estrategia que ‘El Rosco’ no tenía: ahora el concursante no solo demuestra cuánto sabe, sino cuándo conviene gastar tiempo a cambio de información. Esa dimensión táctica —decidir el sentido del abecedario, calcular el momento exacto de pedir una letra— puede enriquecer el juego y dar a los comentaristas y al público nuevos motivos de debate.
Como contrapartida, el reto de la audiencia es mayúsculo. ‘El Rosco’ no era solo una prueba: era un patrimonio simbólico de varias generaciones de espectadores, una marca cultural que superó el 25% de cuota en su despedida. Pedir al público que adopte de un día para otro un mecanismo nuevo, por bien diseñado que esté, es una apuesta arriesgada. Existe el peligro de que parte de la audiencia perciba ‘AlaZ’ como un sucedáneo y de que la fidelidad construida durante veintiséis años no se transfiera automáticamente. A ello se suma la competencia que se avecina: con Mediaset preparando su propio concurso en torno al auténtico ‘Rosco’, el público podría encontrarse pronto ante dos herederos rivales del mismo referente, y la batalla por la legitimidad —¿quién es el verdadero continuador?— se libraría tanto en los tribunales como en el salón de las casas.
Hay, por último, una lectura de fondo sobre la industria. Este caso es un recordatorio de hasta qué punto la televisión contemporánea es un negocio de propiedad intelectual tanto o más que de talento ante las cámaras. Un concurso que durante un cuarto de siglo pareció un activo sólido se reveló edificado sobre un permiso que nunca se pagó, y bastó una sentencia para obligar a reinventarlo en cuestión de semanas.

