¿»Sé tú mismo»? la ‘autenticidad’ es un concepto que ha terminado significando lo contrario de lo que quería decir

¿»Sé tú mismo»? la ‘autenticidad’ es un concepto que ha terminado significando lo contrario de lo que quería decir

El concepto ya es un topicazo de lis libros de autoayuda. Tu yo auténtico. Vive tu verdad. Sé fiel a ti mismo. La autenticidad se ha convertido en una especie de salud espiritual obligatoria: si no eres auténtico, algo va mal contigo. Las marcas se anuncian como auténticas, los influencers prometen contenido auténtico, y en una entrevista de trabajo conviene mostrarse, cómo no, auténtico.

Lo curioso es que esta palabra, que hoy suena atractiva y como a permiso para hacer lo que nos apetezca, la pusieron de moda filósofos que hablaban de la angustia, de la muerte y de la libertad como una condena. Y que, sobre todo, querían decir con ella casi lo contrario de lo que hoy creemos. Vale la pena recordar cómo ha ido variando la percepción de este término, porque su deriva nos da pistas también de cómo hemos cambiamos nosotros.

Una idea exigente

Aunque la inquietud por «ser uno mismo» tiene raíces más antiguas —Rousseau lamentaba que la sociedad nos corrompiera, y Kierkegaard insistía en el reto de llegar a ser un individuo—, fue el filósofo alemán Martin Heidegger quien más tiempo concedió a la idea: en Ser y tiempo (1927), Heidegger usa la palabra Eigentlichkeit… aunque lo cierto es traducirla meramente como «autenticidad» (como suele hacerse) puede conducirnos a engaño, porque la raíz alemana es eigen, que significa «propio». Por eso, algunas traducciones españolas prefieren hablar de «propiedad» e «impropiedad». La autenticidad heideggeriana no consiste en ser «genuino» como un producto de calidad, sino en hacerse cargo de la propia existencia, en que esta vida sea propiamente mía y no de los demás.

¿Y de quién es nuestra vida si no es nuestra? Heidegger responde con una de sus expresiones más célebres: vivimos casi siempre absorbidos por das Man, que se puede traducir como «el uno» o «el se». Si esto no te aclara nada, piensa que se refiere a ese sujeto anónimo de las frases impersonales: así ‘se’ hace, eso no ‘se’ dice, ‘uno’ pensaría que…. Nos vestimos como se viste, opinamos lo que se opina, deseamos lo que se desea. Esta inmersión en la masa anónima no es un fallo moral ni una pereza pasajera: para Heidegger es nuestro estado normal, el modo «impropio» (inauténtico) en que pasamos la mayor parte del tiempo, cómodamente disueltos en lo que hacen y dicen todos.

¿Qué nos rescata de esa disolución? Aquí la filosofía se pone seria. Lo que puede arrancarnos del anonimato es la angustia —no el miedo a algo concreto, sino esa inquietud sin objeto que de pronto deja el mundo entero sin sentido— y, sobre todo, la conciencia de la propia muerte. Heidegger habla del ser humano como un ser-para-la-muerte: la muerte es lo único radicalmente intransferible, lo que nadie puede vivir por nosotros (todos mueren, pero no todos experimentan nuestra muerte). Asumir con lucidez que vamos a morir, que somos finitos, nos individualiza, nos separa del rebaño y nos coloca ante nuestra existencia como ante algo que solo nosotros podemos asumir.

Ojo, porque es decisivo para entender lo que vino después: la autenticidad de Heidegger no es expresar un yo interior verdadero. No hay un tesoro escondido que descubrir bajo las capas que nos impone la sociead. Es, sencillamente, una manera de relacionarse con la propia existencia —finita, arrojada a un mundo que no elegimos— y asumirla como propia en lugar de huir hacia el «se hace» y el «se dice».

Sartre: la ‘mala fe’ y la ‘libertad como condena’

El filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre, en El ser y la nada (1943), recoge el guante lanzado por Heidegger y extrae una idea explosiva: en el ser humano la existencia precede a la esencia. No venimos con un plano de fábrica, con una naturaleza fija que debamos cumplir. Primero existimos y luego, a fuerza de decisiones, nos vamos haciendo. De ahí su frase más famosa: estamos condenados a ser libres. Condenados, porque no elegimos ser libres, pero una vez aquí no podemos dejar de elegir; incluso no elegir es una elección.

Esa libertad da vértigo, y Sartre describe con cruel precisión los trucos con que la esquivamos. Los llama mala fe: la mentira que nos contamos a nosotros mismos para fingir que no somos libres, que nuestras circunstancias, nuestro papel o nuestro «carácter» nos obligan. Su ejemplo más conocido es el del camarero de café que actúa demasiado de camarero: sus gestos son un poco excesivos, su solicitud un poco mecánica, como si interpretara un papel. Se refugia en el rol —«soy camarero»— para no enfrentarse a la angustia de que, en realidad, en cada instante elige serlo y podría dejar de hacerlo.

Frente a la mala fe, Sartre coloca la autenticidad: vivir reconociendo con lucidez la propia libertad y la responsabilidad que conlleva, sin las mentiras tranquilizadoras de los roles y las excusas. Pero, para Sartre tampoco hay un «yo auténtico» esperando a ser descubierto, porque no existe ninguna esencia interior previa a nuestras decisiones. «Encuentra tu verdadero yo» le habría parecido un sinsentido: no hay un yo que encontrar, solo un yo que construir y del que responsabilizarse. Tanto en Heidegger como en Sartre, la autenticidad es austera, vertiginosa, ligada a la finitud y a la responsabilidad. Está más cerca de la angustia que del bienestar.

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El giro terapéutico: del abismo al crecimiento

A mediados del siglo XX la palabra cruza el Atlántico y entra en otro territorio: el de la psicología. Y al hacerlo cambia de temperatura. En Estados Unidos, la llamada psicología humanista —con Carl Rogers y Abraham Maslow como figuras centrales— recoge muchos motivos existencialistas, pero los reorienta hacia un horizonte mucho más luminoso y optimista.

Carl Rogers, padre de la terapia centrada en el cliente, introduce conceptos que hoy nos resultan familiares. Habla de congruencia: la armonía entre lo que una persona experimenta, lo que reconoce sentir y lo que muestra al mundo. Habla del yo real frente a un yo deformado por las «condiciones de valía», esas exigencias que aprendimos de niños —te querré si eres bueno, si callas, si triunfas— y que nos llevan a traicionar lo que sentimos para merecer aprobación. Y confía en una tendencia natural del organismo hacia el crecimiento, en una sabiduría interior fiable.

Aquí está el cambio crucial. En Rogers, y de forma parecida en Maslow con su idea de autorrealización —llegar a ser todo lo que uno es capaz de ser, en la cúspide de su célebre pirámide de necesidades—, sí aparece la idea de un yo verdadero sepultado bajo las expectativas ajenas, un yo bueno y orientado al crecimiento que la terapia ayuda a destapar. La autenticidad deja de ser «asumir mi libertad y mi finitud» y pasa a ser «ponerme en contacto con mi verdadero yo interior y expresarlo».

Y así, donde el existencialismo ponía angustia, muerte y responsabilidad, la psicología humanista pone confianza, florecimiento y bienestar. La autenticidad se vuelve un objetivo terapéutico: algo deseable, alcanzable y, sobre todo, agradable. (Conviene matizar que hubo una rama, la psicoterapia existencial de autores como Rollo May o Irvin Yalom, que conservó buena parte de la ‘oscuridad’ filosófica original… pero no fue esa la versión que conquistó la cultura popular).

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De la consulta al pasillo de autoayuda

Una vez convertida en meta psicológica amable, la palabra estaba lista para vendérsela al gran público. Del diván pasó a las conferencias motivacionales, de ahí a los superventas de crecimiento personal y, finalmente, a las biografías de Instagram. Con cada salto, la idea ganó repercusión y perdió relevancia. El resultado es una autenticidad de bolsillo, casi siempre reducida a «haz lo que sientas» y «no te dejes condicionar por los demás». Lo que en Heidegger era una confrontación con la muerte y en Sartre un cara a cara con la libertad se ha aligerado hasta volverse una invitación a la espontaneidad y a la expresión de los sentimientos. No es que eso esté mal, pero es otra cosa. Y aquí sugen dos paradojas:

  • La autenticidad se ha convertido en un valor de marca: empresas que se publicitan como auténticas, creadores de contenido que cultivan una espontaneidad cuidadosamente producida, una imperfección calculada al milímetro. Se nos pide actuar de manera natural, performar la autenticidad. El filósofo Charles Taylor, en La ética de la autenticidad (1991), distinguió por eso entre un ideal serio y digno —el de dar a la propia vida una forma fiel a uno mismo— y su versión degradada y narcisista, ese «haz lo que te apetezca» que confunde ser fiel a uno mismo con el simple capricho.

  • El propio mandato de «ser auténtico» se ha vuelto una presión social más: Das Man, el «se» del que Heidegger quería liberarnos, ahora nos susurra: uno debe ser auténtico. Y obedecemos, en grupo, comprando todos los mismos libros que nos enseñan a ser únicos.

¿Significa esto que la palabra se ha vaciado del todo? No exactamente. Que una idea exigente se democratice y llegue a millones de personas no es solo una pérdida; también pone al alcance de cualquiera una pregunta que vale la pena hacerse: ¿estoy viviendo mi vida o la que se supone que debo vivir? Pero quizá merezca la pena recuperar algo del filo original: menos «encuéntrate» y más «hazte cargo».

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